Vivimos en un mundo ampliamente dividido por fronteras; algunas físicas y tangibles como un puesto de inmigración en medio de una empinada montaña y otras, invisibles y casi imperceptibles, como nuestros prejuicios y creencias limitantes acerca de otras formas de vivir.

Se nos dio una gran casa y a veces, nos limitamos a vivir relegados en un pequeño cuartito, del cuál, no salimos por miedo, vergüenza, limitaciones o incluso pereza.

Hemos permitido ser atrapados en una gran burbuja generacional. Durante siglos resultamos esclavos de los mismos caprichos y nos hemos acostumbrado a experimentar la existencia de la misma forma: ir a la universidad, obtener un empleo, construir una familia, comprar una casa y pagar un montón de deudas. Y aunque esto no puede ser visto como algo bueno o malo, se nos ha enseñado que es como deben suceder las cosas. Todo lo que se salga del molde establecido es riesgoso, inmaduro, idealista y poco inteligente.

Sin embargo, aunque veas como se levanta el dedo acusador, tienes la absoluta libertad de construir tu propia forma de experimentar la vida. Y esta, sin más, estará determinada por tu voluntad, creencias y deseos.  

Siento que tenemos dos caminos; conformarnos con ver el mundo a través de una pantalla o ir allá afuera y ver si todo eso que nos dicen es realmente cierto.

Hace un tiempo comencé como tú; leyendo cientos de blogs, asistiendo a cursos y seminarios, consumiendo horas enteras de videos y documentales. Experimentaba a través de los ojos de otros y soñaba con ser algún día yo la que pudiera lograrlo. Y aunque eso es profundamente inspirador, también me dejó en un estado de estancamiento.

Soñaba mucho y actuaba poco.

Solo cuando decidí dejar de planear, dejar de leer guías de viaje y colorear ubicaciones en un mapa. Di el gran paso.

Y junto a ese gran paso, vinieron las puertas abiertas, los actos de amor puro recibido en cada esquina, la fuerza para afrontar los desafíos y el deseo de seguir avanzando.

Decidí salir de esa pequeña habitación que me encapsulaba para poder comunicarme con cada ser humano que habita esta gran casa llamada tierra. Esa comunicación va más allá de hablar un determinado idioma, es realmente una conexión profunda con el otro, con sus costumbres, con sus paisajes, con su forma de ver la vida.

Explorar el mundo no es tan difícil.

Solo requiere que dejes de soñarlo y empieces a hacerlo.

Ahora, cuéntame una cosa…

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